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jueves, 2 de abril de 2015

Julio Cortázar, en Buenos Aires

Esquina de Córdoba y San Martín
El último regreso de Julio Cortázar a la Argentina fue el jueves 1 de diciembre del año 1983. En esa oportunidad lo entrevistó un entonces joven periodista, se trataba de Martín Caparrós. En la conversación, Cortázar reflexionó: <<Cada ciudad tiene su olor. Buenos Aires tiene para mí un olor que no se puede definir, muy distinto del de Madrid o París, y es el olor de mi juventud, de mis vagancias adolescentes. (…) Buenos Aires quizás era el asadito en la obra, ese olor de la carne en el fuego, pero no sólo eso… En fin, el punto es que este Buenos Aires es mi Buenos Aires, me han bastado dos días para recuperar rutinas, bajar a tomar mi desayuno, leer los diarios, tomar taxis y hablar con los taxistas. En ese plano no ha cambiado nada>>.
En esa entrevista Martín Caparrós no había podido tomar fotos de Cortázar, por lo que necesita un fotógrafo profesional. Fue así que acordaron volver a reunirse el sábado 3 de diciembre, en el sitio donde Cortázar se hospedaba.

El día convenido, Caparrós y su amigo Dani Yako, que era el fotógrafo que iba a retratar a Cortázar, fueron al hotel de la esquina de Maipú y Av. Córdoba.

Recuerda Yako: Estábamos en la habitación de él, que era una especie de departamento. Había un dormitorio y la entrevista la hicimos en lo que sería el living, junto a la mesa. Habremos estado una hora con él en el hotel. Cortázar no quiso hacer las fotos en la habitación, y pidió salir a dar una vuelta. Hacía mucho calor, y él quiso dar una vuelta a la manzana. Fue impresionante. Lo abrazaban los chicos, lo besaban las mujeres, firmaba autógrafos. Él se aflojó mucho después de esa recorrida, y creo que se conmovió. Cuando ya habíamos dado la vuelta, en la última foto, estaba muy emocionado. Algo de eso transmite esa imagen.

Yako se refiere a la foto en la que se ve una de las entradas de la galería Harrods (ubicada en la manzana de las calles Córdoba, Florida, San Martín y Paraguay). Cortázar está sobre el cordón vestido con una guayabera, con un cigarrillo en la boca, anteojos muy grandes y la mirada perdida.

Esta foto ilustra la tapa del libro “Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar” de Diego Tomasi.

Foto de Dani Yako

Foto actual. Calle San Martin entre Córdoba y Paraguay

Así Julio Florencio Cortázar pasó por última vez por Buenos Aires. El 12 de febrero de 1984, en París, vivió el último día de su vida.


Bibliografía:
     Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar. Diego Tomasi. 1ª ed. CABA. Seix Barral, 2013.


Fotos:

Foto: Dani Yako

Foto: Dani Yako





martes, 23 de diciembre de 2014

LA FIESTA


Cuento:

“El que no está en la lista no va a entrar”. Esta es la frase que resume todo el recorrido infortunado de la noche de viernes.

Todavía el sol ardía con fuerza sobre la estación de Burzaco. Eran las siete de la tarde y Walter esperaba paciente el tren que lo llevaría hacia el centro de la ciudad. En condiciones normales estimaba que en dos horas llegaría a la casa de Alan en Villa Urquiza. En el andén contrario la gente parapetada ansiaba volver a sus hogares y comenzar a disfrutar del fin de semana que estaba comenzando. En cambio Walter quería que esa noche de viernes se convirtiera en una despedida de año descomunal. La fiesta de la empresa era el motivo perfecto para lograr tal aspiración.

Tenía planeado reunirse con sus amigos y de allí salir todos juntos hacia el lugar donde se realizaba la fiesta. El horario pautado era a las nueve de la noche en el centro operativo de Alan. Walter llegó puntual. El siguiente en llegar fue Joaquín. Cinco minutos más tarde cayó Mario, traía el casco en sus manos dado que había llegado hasta allí en moto. Los últimos en sumarse fueron Zacarías y Nicolás, que venían desde la zona de Boedo en el auto de Zacarías.

–Vamos a buscar dos taxis y nos dividimos.Tres en cada auto. –Añadió Alan.
–Hasta San Isidro tendrán que pagar el viaje de ida y vuelta. –Era el primer taxi que intentaban tomar.
–No, gracias. Vamos a buscar otro.

Jamás habían escuchado que un taxi les pidiera pagar pasaje doble por el sólo hecho de salir de Capital hacia Provincia. El evento tenía lugar en el Hipódromo de San Isidro. Para su sorpresa, en sucesivos intentos fueron recibiendo el mismo tipo de indicación.

Finalmente Walter encontró un vehículo que sólo les cobraba un porcentaje sobre el importe total. Puede decirse que este fue el primer obstáculo que tuvieron que sortear.
El recorrido no tuvo mayores sobresaltos que pudieran tornar la distancia como un impedimento. En el primer coche estaban Nicolás, Walter y Joaquín. En el segundo iban Zacarías, Alan y Mario.

En la puerta del Hipódromo los espera Fernando. Éste había llegado conduciendo su propio auto.

Cada uno tenía su correspondiente entrada. No estaban de improvisto en ese lugar, pero es cierto que sabían que no estaban inscriptos como invitados, ya que trabajaban para esa empresa pero de forma tercerizada. No habían planeado ninguna coartada previa para resolver a la hora de ingresar a la fiesta. Esto fue lo que complicó todo.

La entrada del lugar tenía una escalera amplia de color blanco. En los primeros peldaños se encontraban dos personas de seguridad vestidos con el uniforme correspondiente. Estos cumplían el primer filtro y controlaban que ninguna persona ingresara equivocadamente. Ellos preguntaron, ¿A qué evento vienen, señores? Al evento de la empresa C, contestó alguno, y mostraron sus entradas. Entonces los dejaron continuar.

Luego de las escaleras aparecía un hall de entrada, donde se encontraba una especie de atrio con dos mujeres haciendo las veces de recepción.
Alan era el primero de la fila. Lo seguían Fernando y Mario.
–Nombre y apellido, por favor. –Vociferó una de las recepcionistas del lugar.
–Santiago Vlansa. –Fue el primer nombre que se le vino a la cabeza a Mario cuando vio que los demás estaban teniendo complicaciones para ingresar. Había escuchado que le dijeron a Alan, mitad en broma y mitad enserio que no iba a entrar. Entonces creyó que ese nombre se encontraría en la lista de invitados, pero no fue así.
–¿Santiago cuánto? –Volvió a preguntar la recepcionista, mirando la hoja que tenía en sus manos.
–Vlansa. Con “v corta” y “s”.
–Disculpame pero no estás anotado… de todas maneras pasá igual.

Nicolás estuvo rápido e indicó el apellido de una persona que seguro estaría en la lista.
–García.
–¿Y el nombre?
–Alberto.
–Muy bien, adelante Alberto.

Uno a uno fue ingresando. Los últimos que quedaban eran Zacarías, Joaquín y Walter.
Zacarías y Joaquín dijeron sus nombres reales a las personas de la recepción. Dado que estaban ausentes en la lista, comenzó a formarse un pequeño alboroto en el ingreso. En ese instante se acercaron dos hombres y por detrás una mujer vomitando prepotencia. Al ver que estos no estaban anotados, comenzó a aullar: el que no está en la lista no entra. Era una mujer visiblemente dotada de unos pechos de grandes dimensiones. En lugar de darle el brutal apodo de Adelaida, estuvieron de acuerdo en llamarla la tetona.

Ante tal avasallamiento Zacarías y Joaquín tuvieron que separarse de la fila y resignarse a un costado. En ese momento la tetona divisó la presencia de Walter, y sin tapujos lo señaló y chilló como una loba sedienta de fluidos corporales: A vos si te conozco, vos sí podés pasar, dale entrá.Walter entró caminando lentamente, casi con vergüenza por la escena que estaba presenciando. Dos de sus amigos no pudieron si quiera asomar un pie en el lugar, y a él lo hacían entrar inmediatamente sin pretextos.
Ser rubio y tener ojos claros te brinda beneficios muchas veces impensables, fue lo que pensó Joaquín al ver lo que acababa de ocurrir.

Atiborrado de bronca Alan se paró al lado de la tetona y cruzándose de brazos comenzó a decir: yo tampoco estoy en la lista y sin embargo pude entrar sin dificultades. Esto hizo enardecer mucho más a la tetona. Por lo que hizo llamar a uno de sus guardas y le pidió que le retirasen la pulsera que Alan tenía puesta. Esta pulsera había sido dada en el ingreso. A lo que Alan dijo, no hace falta, me la saco yo mismo. Tomá, acá la tenés.

Lo peor de todo era que la persona de seguridad había visto cientos de veces ingresar a Alan en la empresa. Pero en esta ocasión hacía la vista gorda.
Los tres rezagados tuvieron que alejarse unos metros de la entrada, a la vista de todos los que estaban ingresando. Fueron tratados como tres pordioseros que buscaban meterse en una propiedad privada.

–¿Te fijas si hay alguien que pueda hacernos entrar? –Fue lo que Alan le indicó a Walter por celular.
–Estoy en eso. Dejame que busco a alguien de peso para que resuelva este quilombo.

Se ilusionaron al ver a Walter acercándose con Matías, uno de los gerentes del área de sistemas. Desde lejos veían cómo la tetona con aires de superioridad prepoteaba a Matías, y éste se dejaba intimidar.Finalmente, el de mayor cargo, sólo atinó a encogerse de hombros y simplemente decir, sí, tenés razón.

Rendidos y sin esperanzas, agacharon la cabeza y se fueron mascullando inútiles insultos.El resto del grupo de amigos estaba adentro buscando la forma de que pudieran entrar. Pero cada intento fue inútil para lograrlo.

–Tengo una bronca bárbara viejo, nunca en mi vida me pasó algo así.
–Ya está, vámonos a otro lado.
–Es cierto, la noche recién empieza. No nos vamos a amargar por esto.
–Armaría bardo en este mismo momento, pero no tiene sentido porque el lunes hay que volver al laburo y tal vez se pudre todo.

Los tres bajaron las escaleras que conducían a la salida, y cruzaron la calle.Parados en la tierra esperaban al resto de sus amigos. Zacarías encendió un cigarrillo, fumaba y hablaba por teléfono con Fernando, quien le decía que entraran, que esta vez los dejarían pasar, que la tetona ya no estaba en la puerta.

Sin embargo en ese momento Joaquín vio desde enfrente cómo un petiso se acercaba hacia las personas de seguridad y mirándolos a ellos tres gesticulaba haciendo entender que esos que estaban parados sobre la tierra no tenían el ingreso permitido.

Los que estaban adentro salieron de la fiesta masticando impotencia y sobriedad. Alguien alcanzó a decir, jamás imaginé que saldría de esta fiesta sin un mínimo rastro de inconsciencia.
Otro comentó: –Les digo la verdad, no se perdieron de nada. La comida estaba rancia, no había nada para tomar, y las minas, para qué les voy a contar, ni una sola linda.
Entre todos se cruzaron miradas cómplices y largaron carcajadas al aire.

Caminaron hasta la entrada principal del Hipódromo, mientras seguían discutiendo cómo pudo pasar todo, no le encontraban explicación.
Llamaron a dos taxis y emprendieron el regreso a Villa Urquiza. Fernando retornó a su casa en su auto, y el resto se ubicó en cada uno de los taxis en el mismo orden en que habían llegado.La idea era ir a un bar a tomar unas cervezas y a comer algo. Alan indicó un lugar llamado Plan B, lugar que conocía bien por haber ido muchas veces.

Llegaron al lugar con zozobra, y vieron ante sus narices las puertas cerradas. ¡Qué clase de bar lleva el nombre de “Plan B” y se da el lujo de cerrar un viernes por la noche!

–Muchachos no caigamos en un pesimismo absoluto. Yo conozco un lugar en Colegiales, se llama Alimme. Vamos para allá que la rompemos. –Dijo Zacarías.

Estuvieron todos de acuerdo en ir a ese sitio. Mario se puso el casco y subió a su moto. El resto se trasladó en el auto de Zacarías. Casi llegando al lugar, notaron que todas las luces de la zona estaban apagadas, toda la cuadra era una oscuridad imperiosa. Siguieron andando por las penumbras de ese barrio, en la cuadra siguiente precisamente quedaba el bar Alimme. Por supuesto tenía todas sus luces extintas y la gente parapetada en la puerta sin poder entrar. Volvieron a mirarse entre todos y largaron risotadas desbordadas.

Alguno llegó a decir: –Esta es la señal de que deberíamos resignarnos y concluir la noche acá. Ya está muchachos, cada uno a su casa.

–Yo no pienso rendirme, sigamos buscando otro lugar. –Dijo Alan.
–Está bien, sigamos buscando. Además tengo tanta hambre que me caigo redondo. –Acotó Joaquín.

Anduvieron recorriendo un par de vueltas más, hasta que finalmente dieron en el lugar indicado. Un bar de medio pelo, pero con luz, mesas libres y cerveza fría.

–Te pido dos cervezas. –Soltó Walter.
–Sólo tengo cerveza Quilmes. –El mozo del local era un tipo bajito de voz grave.
–No hay drama, a esta altura podemos tomar cualquier cosa.
–Muy bien, ya se las traigo.

Alan, que podía ver hacia la cocina, comentó: Miren al cocinero, ese tipo seguro nos pone algo adentro de la comida, tiene una cara muy extraña.
Cuando el mozo se acercó alcanzando los vasos, dijo: disculpen que les traiga estos vasos, son los únicos que tengo.

–Es lo de menos, podemos tomar hasta en vasos de cartón.

En ese momento Walter le pidió al mozo dos pizzas de muzzarela.
–No me van a creer, acabo de apagar el horno. Como sólo me pidieron cerveza pensé que no iban a comer. –El mozo bajito hablaba y sus interlocutores no sabían si hablaba en serio o en broma.

–¿De verdad apagaste el horno?
–Si, les pido mil disculpas.

Levantando un poco la cabeza Nicolás pudo ver que en la esquina de enfrente había una pizzería y propuso que fueran allí.

            –No te calentés, seguro está cerrado.
            –O peor aún, lo habrá clausurado Bromatología mientras nosotros estamos hablando.
            –No me importa, tengo un hambre que no puedo más. –Era la voz de Walter.– ¿Quién me acompaña a ver si está abierto el lugar?

Se levantó Alan y cruzaron enfrente.

           –¿Por qué hay tanta agua en la vereda, Alan?
           –No sé, tal vez se rompió un caño.
           –Me parece que no, che.

A medida que se fueron acercando, pudieron entender lo que estaba pasando.

           –¡Están baldeando la vereda!
           –Chicos, ya está cerrado. –Era una persona del local.

Volvieron donde estaban los demás. Precisamente al lado había otro bar y no dudaron en ir allí. Tomaron apresuradamente las cervezas. Mario pidió hacer fondo blanco. Se levantaron, Walter pagó y se fueron al bar de al lado.
Este lugar estaba mejor ambientado que el anterior. Se sentaron y al instante se acercó una moza un poco rellena. Lo primero que hicieron fue pedir dos cervezas y dos pizzas. La comida no tardó en llegar y comieron con fruición. Luego pidieron dos cervezas más y así fue como la noche fue cambiando de rumbo.

Cansados de tanto yirar, decidieron que ya era hora que cada uno volviera a su casa. Zacarías llevó primero a Alan, luego acercó a Joaquín, después llevó a Walter hasta la parada del colectivo 160. Por último acercó a Nicolás que vivía muy cerca de su casa.

Walter esperó largo rato el colectivo. Era de madrugada. Cuando pudo subir, supo que le esperaba un largo trecho.Ya cerca de las seis de la mañana, la lluvia llegó para limpiar todas las impurezas aprisionadas. Apenas terminó de bajar los pocos escalones que separaban el colectivo de la vereda, el cielo lanzó con furia gotas cristalinas. Intentó correr, apurarse y llegar a su casa tal vez sin mojarse demasiado. Corrió a lo largo de cinco cuadras. Pero el destino no estaba de su lado, se empapó totalmente y fue así como se desprendió de todo lo negativo. Adiós cansancio, adiós sueño, adiós desventura. Entró en su casa. Eran las seis y cuarto de la mañana. El sol volvió a salir y todo volvió a ser como antes.


jueves, 21 de agosto de 2014

El Parque Rivadavia según Arlt


Durante los años ’30 Roberto Arlt trabajaba como periodista y escribía crónicas para el diario “El Mundo”. Allí publicaba periódicamente artículos literarios, los cuales formaron parte de la sección denominada “Aguafuertes Porteñas”. Se describían personajes de la vida cotidiana y temas simples, pero contados con mucha ironía, inteligencia y humor, donde cualquier ciudadano podía reconocerse dentro de estos relatos. Uno de ellos lleva el nombre de "Amor en el Parque Rivadavia", donde Arlt relata un suceso acaecido una noche mientras cruzaba por el Parque, volviendo a su casa a cenar.

Aquí va el artículo:

Amor en el Parque Rivadavia

   Si me lo cuentan no lo creo. En serio, no hubiera creído. Si yo no fuera Roberto Arlt, y leyera esta nota, tampoco creería. Y sin embargo, es cierto.
   ¿Cómo empezaré? Diciendo que la otra tarde, “una hermosa tarde”… Pero eso sería inexacto porque “una hermosa tarde” no puede ser aquella en que ha llovido. Tampoco era de tarde, sino de noche, bien anochecido, las ocho.
   Como contaba, había llovido. Llovió un rato, lo suficiente para lavar los bancos, humedecer la tierra y dejar los caminos de las plazas en estado pastoso.
   Más aún: llovió de tal manera que si usted si fijaba en los bancos de las plazas, comprobaba que conservaban frescas manchas de agua. No había banco que no estuviera mojado.
   Eran las ocho de la noche y yo cruzaba el Parque Rivadavia. No iba triste ni alegre, sino tranquilo y sereno como un ciudadano virtuoso. Alguna que otra pareja se cruzaba en mi camino y yo aspiraba el olor a los eucaliptos que flotaba en el aire embalsamándolo dulcemente, o mejor dicho acremente, pues el olor de los eucaliptos deriva del alquitrán que contienen, y el olor del alquitrán no es dulzón sino amargo.
   Como decía, iba cruzando el parque, hecho un santito. Las manos sumergidas en los bolsillos del perramus, y los ojos atentos.
   Y de pronto… (Aquí llegamos y por eso me retardo en llegar.) De pronto, en una alameda que corre de Este a Oeste, y llena de bancos en los que los focos revelaban frescas manchas de agua, vi parejas compuestas de seres humanos de distinto sexo, conversando (esto de conversar es una metáfora) muy liadas. ¿Se dan cuenta ustedes? No sólo no sentían el fresco ambiente, sino que eran hasta insensibles al agua sobre la cual estaban sentados.
   Yo me hacía cruces, y me decía: “No, no es posible… ¿Quién va a creer esto? No es posible”. Y como un ingenuo, acercaba mi nariz a los bancos, los miraba y los veía mojados, mojados a tal punto que, con perramus y todo, yo no me hubiera sentado allí. Y las parejas, como si tal cosa… cualquiera hubiera dicho que en vez de estar diciéndose ternezas sobre una dura madera mojada, reposaban en cojines de Persia rellenos de plumas de grulla rosada.
   Y no era una pareja… pareja que haber sido una, nos hubiera podido hacer exclamar: ¡Una golondrina no hace verano!
   No, no era una pareja. Eran muchas, pero muchas parejas, igualmente insensibles a la humedad e igualmente laboriosas en eso de demostrarse que se querían.
   Algunas permanecían en un silencio comatoso, otras, cuando yo me acercaba, se apresuraban a gesticular como si discutieran temas de vital interés. En fin, terminé de cruzar el parque, consternado y admirado, pues ignoraba que el amor, como un hidrófugo cualquiera, impermeabilizaba las ropas de los que se sentaban en bancos mojados.
   La otra noche, vuelvo a pasar por el Parque Rivadavia. Hecho un santito, con las manos sumergidas en el bolsillo del perramus y los ojos atentos. No llovía, pero había en cambio, una humedad de mil demonios, si mil demonios pueden ser húmedos. Tanta humedad, que la humedad se distinguía flotando en el aire bajo la forma de neblina. Eran las ocho de la noche, hora en que los ciudadanos virtuosos se dirigen a sus casas para embodegar un plato de sopa bien caliente. Y yo cruzaba el parque pensando que bien me había ganado un plato de sopa y otro de estofado, pues tenía frío y sentía debilidad. A diez metros de distancia apenas si se distinguía a un cristiano o a una cristiana. Tan espesa era la neblina. Y yo pensaba:
   «Héme aquí, en el lugar más adecuado para pescarme una bronconeumonía o, cuando menos, una pulmonía doble. No hablemos de gripe, porque de solo poner las narices por aquí uno se hace acreedor a ella».
   Iba entregado a estos pensamientos asépticos o bacilosos, cuando llegué a la alameda que corre de Este a Oeste. Esa, la misma, la de los bancos.
   ¿Querrán creerme ustedes?
   Desafiando las bronconeumonías, las pulmonías dobles y simples, las gripes, los resfríos, las pleuresías secas y húmedas, y cuanta peste pueda relacionarse con las vías respiratorias, innumerables parejas de niños y señoritas, jóvenes y caballeros, se arrullaban de dos en dos bajos las ramas de los árboles, que goteaban lagrimones diamantinos.
   Juro que sería criminal no confesar que se arrullaban tiernamente. No es necesario que la fuerza pública lo obligue a declarar a uno por la violencia. No. Se arrullaban tiernamente. En la neblina, bajo los árboles goteadores.
   «Ya ni en la paz de los sepulcros creo». No creo en los efectos de la lluvia, de la niebla, del viento, del frío ni del diablo. No creo en la paz ni en la soledad de nada.
   Siempre y siempre que me he dirigido a un sitio solitario y oscuro, a un paraje que desde afuera hacía pensar en la soledad del desierto, siempre he encontrado allí una muchedumbre. De manera que me inclino a creer que la única soledad posible es aquella que se produce en un agujero de tierra cuyo fondo dejaron un cajón… ni en esa se puede creer.
   De cualquier manera, he aprendido algo: que el que quiere soledad que la busque dentro de sí mismo; y que no importune a las parejas, que por tener la convicción de su amor, se quieren al aire libre y a la luz de una o varias lunas de arco voltaico.


Bibliografía:
- ARLT, Roberto. Amor en el Parque Rivadavia. En: Aguafuertes Porteñas. Hyspamerica, 1986.

miércoles, 21 de mayo de 2014

La gente pálida del Subte A

Hacia 1980 se publica el libro de cuentos "Queremos tanto a Glenda" de Julio Cortázar. En esta recopilación aparece un relato llamado "Texto en una libreta". Todo la historia acontece en la línea A de subterráneo de Buenos Aires, que en ese entonces (durante los años cuarenta, año del relato) recorría sólo de Primera Junta a Plaza de Mayo.

De qué va el cuento... bueno en sí tiene muchos matices y análisis que abordar, intentaré acercarme a una de las interpretaciones.
"Es bien posible que algo haya terminado por delatarme, y que ellos ya sepan por qué paso tantas horas en el subte, así como yo los distingo inmediatamente entre la muchedumbre apretujada de las estaciones. Son tan pálidos, proceden con tan manifiesta eficiencia; son tan pálidos y están tan tristes, casi todos tan tristes."

Quien narra el suceso nos dice que un amigo le cuenta lo siguiente: los trabajadores del subte comienzan a realizar una tarea tan ardua como superflua. Ello consiste en realizar un control de pasajeros donde llevan 
la cuenta exacta de las personas que diariamente utilizan el servicio dentro de una semana.

Durante los días que realizan esta tarea, los encargados del control comienzan a notar diferencias entre el número de pasajeros que entran y los que salen. La cantidad de los que emergen a la superficie algunos días es menor y otros días es mayor. Dado que esto comienza a ser cada vez más notable, refuerzan el personal dedicado al control pero sin lograr una explicación adecuada. Algo sucede con aquellos que descienden al subsuelo.
"Esto pasaba en 1946 o a comienzos del 47. En los meses que siguieron me tocó viajar mucho en el Anglo; [...] me sorprendía irónicamente mirando a la gente que me rodeaba en los asientos o se colgaba de las manijas de cuero como reses en los ganchos. Dos veces, en la estación José María Moreno, me pareció irrazonablemente que algunas gentes [...] no eran simples pasajeros como los demás. Un jueves por la noche en la estación Medrano, […] me pareció que la muchacha casi dormida en el segundo banco del andén no estaba ahí para esperar el tren ascendente. En realidad subió al mismo coche que yo, pero solamente para bajar en Río de Janeiro y quedarse en el andén como si dudara de algo, como si estuviera tan cansada o aburrida."

El narrador intrigado por saber qué pasa con aquellas personas que no vuelven a aparecer, y al notar comportamientos extraños de algunos pasajeros, comienza a perpetrar una investigación por su propia cuenta. Escribe un informe de todo lo que va viendo a lo largo de su exploración. Entre el ir y venir de muchas noches en el subte, luego de descartar sucesivas posibilidades, alcanza a concluir como única posibilidad que hay gente que nunca sale de allí porque viven en el subte, en los vagones, moviéndose constantemente de una estación a otra.
Esto puede resultar perfectamente posible siempre y cuando la investigación se limite a las horas donde las puertas se encuentran habilitadas al público. Pero ¿qué sucede durante la noche cuando cierran las rejas de las estaciones?

Logra descubrir cómo viven y detecta que ellos acostumbran dormir en los asientos y sólo por períodos cortos. Van cambiando de un tren, se bajan en una estación e inmediatamente suben al otro. Así durante toda la jornada. Luego de estar muy cerca de presenciar el suicidio de una mujer (perteneciente a los pálidos) empieza a tener miedo de bajar y seguir indagando.
"En estos días llego apenas a la boca de Lima, que es mi estación, huelo ese olor caliente, ese olor Anglo que sube hasta la calle; oigo pasar los trenes. Entro en un café y me trato de imbécil, me pregunto cómo es posible renunciar a tan pocos pasos de la revelación total."
El narrador es atacado por una angustia muy grande. Comienza a tener miedo de bajar al Anglo. Intuye que los pálidos comenzaron a reconocerlo y que ya conocen el motivo por el cual él deambula tanto por el subte. Es por eso que ni siquiera se anima a volver a pisar las escaleras, ingresar un cospel y cruzar el molinete. Mucho menos tiene la intención de volver a mezclarse entre ellos. Siente que el miedo le aprieta el pecho y le estruja el estómago. Sólo él conoce esta verdad, y no sabe si alguien será capaz de creer y entender su teoría.

Hasta aquí el cuento de Cortázar. No comento el final para que cada uno lo descubra por sí mismo.

Tal vez no me equivoque al decir que en el cuento nos encontramos con retazos de existencialismo, donde los hombres pálidos se ven empujados al subsuelo por la angustia que les genera su propio ser. Se muestran con una mirada desencantada del mundo.  Es por eso que se refugian para intentar descubrir su ser en una sociedad limitada y reducida, con sus propias reglas y costumbres. 

Hoy en día, el subte de la línea A es completamente diferente. Ya no sobreviven aquellos antiguos trenes de madera y, además, se han añadido nuevas estaciones que en el momento del cuento no existían. A lo mejor los pálidos han aumentado en su número puesto que tienen mayor espacio para transitar y moverse, o quién sabe han desaparecido entre los túneles oscuros e intransitables. Sea como fuere, todo esto ha hecho cambiar para siempre mi manera de viajar en la línea A.

Bibliografía:
- CORTÁZAR, Julio. Texto en una libreta. En: Queremos tanto a Glenda. Alfaguara, 2013.