Hay una silueta que, de tan fija, se volvió aire. El que
camina por La Boca en la Avenida Pedro de Mendoza, ahí donde el
Riachuelo se pone espeso y el olor a puerto te impacta en la cara, no necesita
levantar la vista para saber que él está ahí. Es una presencia muda, una
osamenta de acero que tajea el cielo de La Boca con la prolijidad de un dibujo
técnico. El Transbordador Nicolás Avellaneda no es solo un puente; es el
esqueleto de un gigante que se negó a ser chatarra cuando todos le daban el
adiós.
Fuente: https://www.argentina.gob.ar/
Un sueño de acero en la Buenos Aires de 1900
Para entender la historia del Transbordador hay que
imaginar la Buenos Aires de 1914. El puerto era un hervidero de gente, idiomas
mezclados y el chirrido constante de las poleas. De un lado, La Boca; del otro,
la Isla Maciel, ese territorio que para muchos era el fin del mundo pero para
miles de laburantes era el pan de cada día. Cruzar el río en bote era una timba
contra la corriente y el tiempo.
Así fue como el Ferrocarril del Sud encargó a Inglaterra,
más precisamente a las usinas de Newcastle, este rompecabezas de hierro. Llegó
en pedazos, como un juguete para armar a escala monumental, y el 31 de mayo de
1914 se irguió sobre el agua. Sus 52 metros de altura no eran solo ingeniería;
eran el orgullo de un barrio que se sentía el motor del país.
Es un puente que no se cruza por arriba, sino colgando de
una canasta gigante, una barquilla que parece suspendida por hilos invisibles
sobre el agua espesa. Por su barquilla no solo pasaban hombres de manos
callosas; pasaban carros, caballos y hasta los tranvías que conectaban dos
orillas que, aunque separadas por unos metros de agua turbia, compartían el
mismo destino de hollín y esperanza.
El silencio de los motores y la amenaza del desguace
Pero el progreso, o lo que a veces nos venden como tal,
tiene una memoria corta. En 1940 inauguraron el puente carretero nuevo, ese de
cemento que hoy pasa por al lado, y el viejo transbordador empezó a sentirse un
trasto viejo. Para 1960, los motores se clavaron. El gigante quedó mudo.
Durante décadas, el Nicolás Avellaneda fue una escultura
muerta. Se oxidó con la desidia de los gobiernos y el salitre del río. En los
años 90, cuando la moda era rematar hasta las joyas de la abuela, el plan de
desguace estuvo sobre la mesa. Lo querían hacer pedazos, venderlo como hierro
viejo para que terminara siendo, quién sabe, clavos o vigas en otro lado. Pero
ahí saltó el barrio. El vecino de La Boca, que tiene el lomo curtido de
inundaciones y desalojos, no iba a dejar que le arrancaran el horizonte. Fue la
movilización popular, el grito de los que viven a la sombra de su estructura,
lo que frenó las máquinas. Porque para el que vive ahí, el transbordador es el
faro que indica que ya se llegó a casa.
El regreso del gigante al Riachuelo
Hubo que esperar más de sesenta años para que el chirrido de
los cables volviera a sonar. En 2017, tras una restauración que le devolvió ese
color gris plomo tan señorial, el gigante volvió a caminar sobre el Riachuelo.
Ver la barquilla deslizarse otra vez, suspendida entre el cielo y el agua
podrida, fue como ver un espectro que recupera el cuerpo.
Es uno de los únicos ocho puentes transbordadores que
quedan en pie en todo el planeta. El único en toda América. Es una pieza de
museo que respira, una reliquia que todavía cumple su función de unir mundos.
Cuando uno se sube a esa plataforma y siente el leve balanceo, entiende que no
está viajando de una orilla a otra, sino que está cruzando el tiempo. El viento
pega distinto ahí arriba, y el eco de los remaches parece contar las historias
de los miles que cruzaron antes que nosotros, con la vianda bajo el brazo y la
mirada puesta en el laburo.
Hoy, el centinela de hierro sigue ahí. Ya no es la única
forma de cruzar, pero es la más noble. Se queda mirando el río, aguantando los
chaparrones y el sol fuerte de la tarde, recordándonos que algunas cosas,
aunque parezcan oxidadas, tienen un alma que no se deja desarmar.
El sol empieza a caer detrás de los depósitos de
la Isla Maciel y la estructura se vuelve una sombra larga que acaricia el agua.
El gigante descansa, pero ya no duerme el sueño del olvido. Sabe que, mientras
haya vecinos que levanten la vista, él seguirá siendo el dueño absoluto del
horizonte.













































