Cualquiera que haya caminado por la Vuelta de Rocha, entre el griterío de los conventillos de chapa y el olor persistente a río cansado, sabe que hay una sombra que manda sobre el horizonte. No es una sombra cualquiera; es una estructura de hierro negro, remachada y altiva, que recorta el cielo de La Boca como si fuera el esqueleto de un dinosaurio mecánico que decidió quedarse a vivir a orillas del Riachuelo. Es el Transbordador Nicolás Avellaneda, el "Cisne Negro" de nuestras aguas, una mole de acero que, a pesar de los años y el olvido, se empeñó en no transformarse en chatarra.
Verlo ahí, plantado frente a la Isla Maciel, es entender un
pedazo de nuestra historia que no se lee en los manuales escolares, sino que se
respira en el salitre y el hollín. Es un puente que no se cruza por arriba,
sino colgando de una canasta gigante, una barquilla que parece suspendida por
hilos invisibles sobre el agua espesa.
Fuente: https://www.puentestransbordadores.com/nicolas-avellaneda/
Corría mayo de 1914 cuando el transbordador se desperezó por
primera vez. Buenos Aires era entonces una promesa de opulencia y el puerto de
La Boca, un hormiguero humano donde se mezclaban idiomas, pañuelos de colores y
bolsas de arpillera. El problema era simple pero vital: ¿cómo unir la Capital
con la Provincia sin interrumpir el paso de los barcos de gran calado que
traían y llevaban la riqueza del mundo? Los mástiles eran altos y los puentes
levadizos de la época no daban abasto.
La solución llegó en piezas de hierro inglés, fabricadas por
la Horseley Company. Se levantó esa estructura de 52 metros de altura, una
proeza de la ingeniería que permitía que la barquilla —ese "carrito"
de madera y metal— transportara peatones, carros y hasta tranvías de una orilla
a la otra, mientras por debajo la navegación seguía su curso. En aquellos años
de esplendor, el transbordador era el cordón umbilical del barrio, el pulso
eléctrico que conectaba el trabajo rudo de la Isla con el bullicio comercial de
la Vuelta de Rocha.
El fantasma que vigilaba el Riachuelo
Pero el progreso, o lo que a veces llamamos así, tiene una
memoria corta. En 1940 se inauguró a pocos metros el nuevo puente carretero,
ese gigante pintado de naranja que hoy todos conocemos, y el viejo
transbordador empezó a sentirse lento, un estorbo de otra era. En 1960, el
mecanismo se detuvo. Los motores se quedaron mudos y el hierro empezó a
entregarse, lentamente, al óxido y al abandono.
Durante décadas, el Nicolás Avellaneda fue un fantasma. Un
centinela oscuro que miraba cómo el Riachuelo se convertía en un cementerio de
barcos y promesas incumplidas. Hubo una época, allá por los años noventa, donde
el destino parecía sellado: el desguace. Estuvo a punto de ser vendido como
chatarra, una humillación final para quien fuera el orgullo del barrio. Pero La
Boca tiene un aguante especial. Sus vecinos, sus artistas y esa identidad que
se pega a la piel como el barniz de los cuadros de Quinquela, se plantaron.
Benito, que lo pintó mil veces bajo cielos de tormenta o soles de justicia, lo
sabía: el puente era el símbolo de una estirpe que no se rinde.
Solo ocho en el mundo, uno en nuestra casa
A veces los porteños nos olvidamos de lo que tenemos bajo la
nariz. El transbordador de La Boca no es solo una reliquia local; es una joya
universal. En todo el planeta solo quedan ocho puentes transbordadores
de este tipo en pie: repartidos entre Francia, Alemania, el Reino Unido y
España. El nuestro es el único en toda América. Es, literalmente, un monumento
histórico nacional que camina —o mejor dicho, cuelga— sobre el agua.
Después de años de herrumbre y litigios, en 2017 el gigante
volvió a la vida. Se limpiaron las capas de olvido, se ajustaron los remaches y
el motor volvió a zumbar. Ver hoy a la barquilla cruzar nuevamente hacia la
Isla Maciel no es solo un espectáculo para los turistas que sacan fotos con sus
teléfonos brillantes; es un acto de justicia poética. Es el reencuentro de dos
orillas que nunca debieron dejar de mirarse a los ojos.
La metáfora del hierro
Hoy, cuando uno se para en la baranda y siente el leve
balanceo mientras el río pasa por debajo, entiende que el transbordador es un
espejo de Buenos Aires. Algo que parece oxidado, viejo y condenado al rincón de
los trastos, pero que con un poco de voluntad y memoria vuelve a ponerse en
marcha.
El "Cisne Negro" sigue ahí, recortado contra el
atardecer, recordándonos que las cosas importantes de la vida no siempre son
las más rápidas, sino las que saben resistir el paso del tiempo. Mientras el
mecanismo siga girando y la canasta siga cruzando el Riachuelo, habrá una parte
de nuestra identidad que, por más que la empujen, no se va a hundir.

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