lunes, 16 de marzo de 2026

Hay una silueta que, de tan fija, se volvió aire. El que camina por La Boca en la Avenida Pedro de Mendoza, ahí donde el Riachuelo se pone espeso y el olor a puerto te impacta en la cara, no necesita levantar la vista para saber que él está ahí. Es una presencia muda, una osamenta de acero que tajea el cielo de La Boca con la prolijidad de un dibujo técnico. El Transbordador Nicolás Avellaneda no es solo un puente; es el esqueleto de un gigante que se negó a ser chatarra cuando todos le daban el adiós.

La osamenta de acero del "Nicolás Avellaneda" una presencia mítica en la Avenida Pedro de Mendoza.
Fuente: https://www.argentina.gob.ar/


Un sueño de acero en la Buenos Aires de 1900

Para entender la historia del Transbordador hay que imaginar la Buenos Aires de 1914. El puerto era un hervidero de gente, idiomas mezclados y el chirrido constante de las poleas. De un lado, La Boca; del otro, la Isla Maciel, ese territorio que para muchos era el fin del mundo pero para miles de laburantes era el pan de cada día. Cruzar el río en bote era una timba contra la corriente y el tiempo.

Así fue como el Ferrocarril del Sud encargó a Inglaterra, más precisamente a las usinas de Newcastle, este rompecabezas de hierro. Llegó en pedazos, como un juguete para armar a escala monumental, y el 31 de mayo de 1914 se irguió sobre el agua. Sus 52 metros de altura no eran solo ingeniería; eran el orgullo de un barrio que se sentía el motor del país.

Es un puente que no se cruza por arriba, sino colgando de una canasta gigante, una barquilla que parece suspendida por hilos invisibles sobre el agua espesa. Por su barquilla no solo pasaban hombres de manos callosas; pasaban carros, caballos y hasta los tranvías que conectaban dos orillas que, aunque separadas por unos metros de agua turbia, compartían el mismo destino de hollín y esperanza.

La barquilla, una canasta gigante suspendida sobre el agua, conectando La Boca con la Isla Maciel.
Fuente: https://www.puentestransbordadores.com/nicolas-avellaneda/

El silencio de los motores y la amenaza del desguace

Pero el progreso, o lo que a veces nos venden como tal, tiene una memoria corta. En 1940 inauguraron el puente carretero nuevo, ese de cemento que hoy pasa por al lado, y el viejo transbordador empezó a sentirse un trasto viejo. Para 1960, los motores se clavaron. El gigante quedó mudo.

Durante décadas, el Nicolás Avellaneda fue una escultura muerta. Se oxidó con la desidia de los gobiernos y el salitre del río. En los años 90, cuando la moda era rematar hasta las joyas de la abuela, el plan de desguace estuvo sobre la mesa. Lo querían hacer pedazos, venderlo como hierro viejo para que terminara siendo, quién sabe, clavos o vigas en otro lado. Pero ahí saltó el barrio. El vecino de La Boca, que tiene el lomo curtido de inundaciones y desalojos, no iba a dejar que le arrancaran el horizonte. Fue la movilización popular, el grito de los que viven a la sombra de su estructura, lo que frenó las máquinas. Porque para el que vive ahí, el transbordador es el faro que indica que ya se llegó a casa.


El regreso del gigante al Riachuelo

Hubo que esperar más de sesenta años para que el chirrido de los cables volviera a sonar. En 2017, tras una restauración que le devolvió ese color gris plomo tan señorial, el gigante volvió a caminar sobre el Riachuelo. Ver la barquilla deslizarse otra vez, suspendida entre el cielo y el agua podrida, fue como ver un espectro que recupera el cuerpo.

Es uno de los únicos ocho puentes transbordadores que quedan en pie en todo el planeta. El único en toda América. Es una pieza de museo que respira, una reliquia que todavía cumple su función de unir mundos. Cuando uno se sube a esa plataforma y siente el leve balanceo, entiende que no está viajando de una orilla a otra, sino que está cruzando el tiempo. El viento pega distinto ahí arriba, y el eco de los remaches parece contar las historias de los miles que cruzaron antes que nosotros, con la vianda bajo el brazo y la mirada puesta en el laburo.

El gris plomo señorial recuperado tras la restauración de 2017, devolviéndole la vida al coloso.
Fuente: Por Andrzej Otrębski - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=102743535

Hoy, el centinela de hierro sigue ahí. Ya no es la única forma de cruzar, pero es la más noble. Se queda mirando el río, aguantando los chaparrones y el sol fuerte de la tarde, recordándonos que algunas cosas, aunque parezcan oxidadas, tienen un alma que no se deja desarmar.

El sol empieza a caer detrás de los depósitos de la Isla Maciel y la estructura se vuelve una sombra larga que acaricia el agua. El gigante descansa, pero ya no duerme el sueño del olvido. Sabe que, mientras haya vecinos que levanten la vista, él seguirá siendo el dueño absoluto del horizonte.


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