La tarde cae pesada sobre los baldíos de Parque Patricios, y
aunque el calendario diga que estamos en el siglo veintiuno, hay esquinas donde
el aire todavía se siente rancio, como si el tiempo se hubiera empacado en no
ventilar los zaguanes. En 1912, este confín de la ciudad no era el pulmón verde
que conocemos hoy; era una frontera de barro, latas y humo de quema, donde las
chimeneas de las fábricas dibujaban un horizonte gris para los hijos de la
inmigración. Por esas calles de tierra, entre el ruido de los carros y el
griterío de los conventillos, caminaba una figura de orejas aladas y mirada
vacía, que estaba por quebrar para siempre la inocencia de una Buenos Aires que
se soñaba París, pero que en el fondo seguía oliendo a barro de orilla.
Cayetano Santos Godino: La fisonomía del espanto
Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo no era un
hombre, aunque sus crímenes tuvieran la saña de un demonio viejo. Tenía
dieciséis años y un cuerpo menudo que le valió el apodo que todavía hoy, más de
un siglo después, eriza la piel de los barrios del sur: el Petiso Orejudo. Hijo
de inmigrantes italianos que trajeron más miseria que esperanza, Cayetano
creció entre las palizas de su padre y las calles de Almagro y Parque
Patricios, que por entonces eran un mapa de terrenos baldíos y obras en
construcción.
En aquella época, la ciencia porteña estaba fascinada con
las teorías de Cesare Lombroso. Se creía que el criminal no se hacía, sino que
nacía con marcas físicas que lo delataban. El Petiso era el "ejemplar
perfecto": frente estrecha, labios gruesos y esas orejas desproporcionadas
que parecían antenas sintonizando el mal. Fue tal la obsesión con su fisonomía
que, años después, en un intento desesperado y casi medieval por
"curarlo", los médicos de la Penitenciaría Nacional le redujeron las
orejas mediante una cirugía estética. Creían
que, al quitarle el rasgo que lo hacía "atávico", le quitarían
también el impulso de matar. Pero el mal, como bien sabemos los que caminamos
el asfalto, no se opera con bisturí.
Crónicas de un miedo que no duerme
El miedo en 1912 no era el de los asaltos rápidos de hoy;
era un terror sordo, un rumor que corría por las ferias y las puertas de los
almacenes. Los chicos desaparecían a plena luz del día. El 25 de enero de ese
año, el pequeño Arturo Laurora, de apenas trece años, fue encontrado muerto en
un baldío de la calle Pavón. Estaba semidesnudo y con señales de una violencia
que la prensa de la época —con el diario Crítica de Natalio Botana a la cabeza—
apenas se atreva a describir.
El Petiso sólo buscaba el placer del estertor. Su geografía
del espanto incluía las calles Urquiza, 24 de Noviembre y los alrededores de la
actual Plaza Las Heras, donde entonces funcionaba la imponente Penitenciaría
Nacional. El 4 de diciembre de 1912, la tragedia golpeó a la familia Giordano.
El pequeño Gesualdo, de tres años, fue llevado por Cayetano hasta un terreno en
la calle Rioja. Allí, con el desprecio de quien apaga un cigarrillo, el Petiso
terminó con la vida del nene usando un cordón de zapato y un clavo largo que
hundió en la sien de la víctima.
Fue el final de su carrera. La policía, que ya lo tenía
marcado por sus ingresos previos a los reformatorios de Marcos Paz, lo detuvo
esa misma noche. Buenos Aires respiró, pero ya no era la misma. La ciudad había
descubierto que el monstruo no venía de afuera, sino que dormía en el cuarto de
al lado.
El final en el fin del mundo: la Cárcel de Ushuaia
El juicio fue un desfile de horrores. Se le atribuyeron al
menos cuatro asesinatos y numerosos intentos de incendio. En 1914, tras un
breve paso por el Hospicio de las Mercedes, fue enviado al Penal de Ushuaia,
la "Cárcel del Fin del Mundo". Allí, entre el frío glacial y los
muros de piedra, el Petiso Orejudo pasó sus últimos veintidós años.
La leyenda dice que su muerte, en 1944, no fue natural. Se
cuenta que los otros presos, tipos duros que tenían sus propios códigos de
honor, no soportaron que Cayetano matara a un gato que tenían como mascota. La
venganza fue lenta y brutal. Otros dicen que murió de una hemorragia interna
tras una golpiza de los guardias. Lo cierto es que pasó años de muchísimo
sufrimiento en ese penal hasta su muerte. Su cuerpo fue enterrado en el
cementerio de la prisión y, cuando el penal fue clausurado, sus restos se perdieron,
como si la tierra misma quisiera olvidar que alguna vez lo cobijó.
La huella en el empedrado
Hoy, Parque Patricios es un barrio que late con el ritmo de
los hospitales y el Parque, con sus parejas tomando mate y los pibes jugando a
la pelota con la camiseta de Huracán. Pero si uno se para en ciertas esquinas
cuando el sol se esconde, puede imaginar la silueta de aquel muchacho de saco
corto y orejas grandes, perdiéndose en la neblina.
El Petiso Orejudo no es solo un caso policial; es el primer
tajo profundo en la psiquis de la ciudad. Representa el fracaso de una sociedad
que no supo qué hacer con sus hijos marginados y que prefirió culpar a la forma
de una oreja antes que al hambre y al abandono de los conventillos. Su sombra
sigue ahí, recordándonos que debajo del asfalto de la "París de
América" siempre corrió un río de barro y de tragedia que ninguna luz de
mercurio podrá iluminar del todo.

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